Ensayo

Subrayados: los libros que nos marcan

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No sé de dónde saldrá ese empeño de hacernos violentamente visibles.

Erik Alonso

En la familia de mi madre las cosas estaban destinadas a usarse pensando en que debían perdurar para heredarse: la ropa, los uniformes, los juguetes eran generacionales. Los objetos pervivían, pero su uso era borrado cada vez. Al leer, ella hacía sus notas con taquigrafía en un cuaderno aparte. Forraba los libros, leía en una posición que le permitiera sostener el ejemplar sin maltratarlo y los subrayados eran impensables, porque, además de que los libros eran considerados objetos acabados, no existía el sentido de propiedad.

Yo no tenía libros propios —como por mucho tiempo en mi vida no tuve cosas propias: usaba la ropa que mi hermana dejaba o tenía que compartir con ella los juguetes— y no fue sino hasta que comencé a interesarme en la poesía y a estudiar en la universidad que me hice de algunos. Tiempo antes mi padre había limpiado un librero viejo y me regaló varios libros de filosofía que leí en la adolescencia. A pesar de que mi madre se había resistido a rayar los libros desde siempre, me sorprendí al ver las iniciales de mis padres /separados desde el inicio de mis tiempos/ escritas con su letra en las primeras páginas de uno de ellos.

Ver que a nadie le interesaban ya esos libros viejos, y ver esos rayones, me dio confianza para señalar las partes que leía y me gustaban. Con lápiz y todavía insegura de mis marcas aquélla fue una especie de iniciación en una costumbre que me fue difícil adquirir, porque en mi cabeza esos libros seguían perteneciendo a alguien más. O pertenecían a todos, lo cual quería decir que no pertenecían a nadie.

Aun así, muchos de los libros que compré y leí cuando estudiaba Letras no tienen ninguna marca. Seguía pensando en aquel entonces que quienes rayaban sus libros eran egoístas al no considerar a los futuros lectores. Leía sin marcar, transcribiendo a veces en los cuadernos o sacando copias.

Sin embargo, aunque antes había ya rayado algunos libros con algo de culpa, fue hasta que conocí a X que comencé a marcar los libros. En alguna conversación me dijo que ver sus marcas años después, las anotaciones y las fechas lo hacían compararse consigo mismo. Mecánicamente escribía la fecha en que los compraba o se los regalaban, en la que los comenzaba a leer y en la que los terminaba, junto a su nombre y la ciudad. Esta última como una manía de quien se ha mudado constantemente.

Me di cuenta entonces de que en los libros que me prestó —y que todavía conservo porque nunca volví a verlo— podía también leerlo a él a partir de sus marcas, los subrayados y las fechas. Sus libros conformaban una especie de biografía. Cuando los leí no pude dejar de poner mis propias marcas, tímidas, casi imperceptibles, y con lápiz en sus libros, pensando en borrarlas al regresárselos, aunque lo cierto es que nunca las borré ni se los regresé.

Durante nuestra relación intercambiamos correos en los que nos narrábamos nuestros días, resumíamos nuestras lecturas o de vez en cuando hablábamos sobre cosas que estábamos escribiendo. Él insistía en que yo viera las series —que en aquel tiempo sólo se podían ver comprando las temporadas— que él veía y en que leyéramos libros a la par para comentarlos. Nunca lo hicimos de esa manera, pero sé que con algún desfase hemos leído los libros del otro.

Cuando dejamos de vernos, yo leí muchos de los títulos que él me había mencionado y comencé a subrayar los fragmentos que me hubiese gustado compartirle. Las marcas se volvieron para mí una especie de conversación ficticia, sino es que hipotética, con alguien ausente.

Más tarde volví a leer sin marcar. Fue una época de silencio. Pero una vez que mis marcas ya no eran comunicación fantasma, comencé a subrayar para mí, por su sentido práctico.

Ahora ya no pienso en heredar mis libros ni en quién más puede leerlos. Los presto poco y a personas en las que confío, porque de alguna manera mis lecturas se han vuelto algo íntimo y las notas también. Entiendo que de alguna manera en mi biblioteca hay una biografía mía —que me narro a mí misma— en la que paradójicamente coexiste el deseo de pervivir con el de desaparecer.

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